martes, 18 de abril de 2017

jueves, 12 de enero de 2017

El vaso está vacío

El Vacío nos envuelve.
Cuando me giro, está allí, en medio de la habitación. Mirándome desde arriba, inexpresivo. Yo siempre lo ignoro. Le doy la espalda. No quiero
saber
nada de él. No. No existe.
Pero siempre sé que está allí. A veces vuelvo a ser una persona normal, por unos minutos, horas, días. A veces, recuerdo lo que es vivir en la ignorancia de que el Vacío nos observa. Pero siempre llega el día en que me giro y me encuentro con ese pedazo de aire que se hace notar más que nada en la habitación.
Me ahoga. Me deja ciega y me hace ignorar los objetos, las personas y todo lo que realmente importa que está a mi alrededor. Sólo existe la Nada, el Vacío.
¿Cómo hay gente que nace, vive y muere sin encontrárselo? Debería envidiarles, pero no queda espacio para nada más en mi simple mente que eso.
La mayoría de personas no se dan cuenta. De alguna forma intuyen que existe, pero no lo integran en su memoria y mente. Siempre hay Vacío en todas partes, rellenando el espacio que no rellenan las cosas que componen el mundo.
Cuando me siento mejor, de alguna manera no me acuerdo cómo era sentir su presencia. Observo el aire, el contorno de los árboles, pero no lo encuentro.
Hasta que me despierto y me encuentro con sus ojos, cara a cara, y mi espíritu vuelve a difuminarse.
Tengo miedo que algún día me despierte y sólo quede él. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

Ven aquí. Te contaré lo que me pasó el otro día

Recordaba aún el color de sus pestañas cuando el sol las acariciaba. En mi memoria vivía la imagen de sus ojos cuando soñaba despierta.Le gustaba mirar por la ventana, sin pensar en nada.
Era imposible que olvidara todo aquéllo, todos los años pasados a su lado y todos mis recuerdos.
Habían transcurrido ya diez años desde que murió.
Todos los días cojo el bus que recorre el pueblo entero. Es una costumbre que no se me ha quitado; me ayuda a tener un propósito cada día, que es coger dicho bus. Si no hubiera hecho eso, habría muerto años atrás de pura apatía. Ese día en concreto era jueves. Desde hace años que odio los jueves. Son aburridos, pegajosos, interminables. Una innecesaria precuela de los maravillosos viernes...
Perdona. La edad me hace desvariar. Nunca quise hacerme viejo, pero ella me insistió en seguir envejeciendo a su lado. Y ahora me he quedado solo. Bueno, no me hagas caso.
Total, yo estaba sentado en un asiento mirando por la ventana, como ella, pensando en ella, suspirando por ella como un chaval de quince años. Nada fuera de lo común. ¿Y quién iba a pensar que, al levantar la vista (ya sea por instinto, o quizás por algo más) la iba a ver? ¿A ella precisamente? Aunque no era ella exactamente. Era una niña de unos diez años, sentada delante de mí, mirando por la ventana como yo había estado haciendo hacía unos instantes. Fue en ese momento en que me convencí que finalmente me había vuelto senil; pero no podía ser. Esa mirada, esas pestañas... La forma en la que inclinaba la cabeza durante un instante, como un pájaro, cuando veía algo interesante. La forma en que se cogía las manos y balanceaba los pies.
Siempre deseé ser pintor. Pero mis manos siempre han sido demasiado torpes e inútiles, así que pronto olvidé ese sueño. Sorprendentemente, en ese momento, surgieron las ganas de pintar. Necesitaba retratar a esa niña, tan dolorosamente similar a ella, tan ella, que no quería que se fuera.
La niña me miró, claro está. Creo que se asustó un poco de ver que un viejo la miraba fijamente. Giró la cabeza rápidamente, evitando mi mirada. Yo no podía dejar de mirarla. La había echado de menos.
Se bajó en la siguiente parada, sola. Y tan pequeña.
¿Crees en la reencarnación? Yo nunca lo he hecho. En ese momento lo hice. Era idéntica a ella, ¿me oyes? Y tenía unos diez años, y diez años han pasado desde su muerte, y tenía que ser ella.
Creo que era feliz. Todo lo feliz que es una niña inocente de diez años. Y eso me hace feliz a mí también.
Dios, cómo la echo de menos.

jueves, 12 de mayo de 2016

Vértigo

En verdad, ella tenía miedo porque ya no podía volar.
Algo sencillamente parecía haber cambiado, pero todo seguía igual. Su espalda siempre había estado desnuda.
Sin embargo, cuando se giraba demasiado rápido, le daba la sensación de casi, casi ver algo por encima de su hombro. Al asomarse por la ventana, siempre extendía sus brazos hacia adelante, con sus dedos disparados en todas direcciones, sin querer mirar hacia abajo.
Miedo atenazante en su estómago fue lo que sintió la primera vez que se asomó a un balcón. El viento revolviendo su pelo era catalizador de ese miedo.
Nunca le gustaron las alturas. Nunca.
Y aún así, algo faltaba. Un peso familiar, pero ligero. Algo que hacía encorvar su espalda. Algo que hiciera cosquillas en su nuca.
Pero nunca lo había tenido. Al no poder volar, y a sabiendas de que jamás lograría hacerlo, sólo sentía miedo al saber que si caía, moriría. 

viernes, 22 de abril de 2016

Sur le fil

En el jardín de las luciérnagas
sobre un hilo pendíamos.
El hilo era de color azul,
y nos balanceábamos en él
con los ojos cerrados.
No teníamos destino, pero no podíamos mirar atrás.
Había tormentas que entorpecían nuestros pasos,
y que nos hacían bailar al son de sus relámpagos.
Pero con la oscuridad en nuestras mentes
nunca vacilábamos
ni nos caíamos
aunque el abismo nos llamase,
aunque la lluvia golpease con rabia y dolor
aunque las luciérnagas se fueran a sus cuevas a dormir
aunque la luna nos diera la espalda.
Nuestros pasos jamás iban hacia atrás,
siempre adelante.
Siempre.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Nostalgia

¿Y por qué no volver a ser una niña?
Balancearme en una hamaca llena de sol y manzanos,
volver a ser una niña feliz,
aunque con el corazón ya mancillado
de soledad y noches en vela.
Ser una niña y nada más;
cantar canciones
en todos los idiomas,
temer a las abejas,
leer para espantar los miedos y los fantasmas,
y jamás echar nada ni nadie de menos.
Volver a esos días en  los que sólo tenía las nubes, siempre constantes,
los libros nocturnos,
los insultos a Dios por dejarme sola,
y no volverme mayor nunca más.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Nota triste pero caducada

Después de sumergirme en un torrente de palabras capaz de ahogar mi propia personalidad y mente rotas, volvía a esa realidad, a sentir mi propia piel envolviéndome y reteniéndome en una vida capaz de hacer dormir al más insómnico de todos. Cuando sentía mi propio pelo en la cara, molestándome, la tristeza me golpeaba, sabiendo que vivía mi propia vida siendo una persona sin objetivos.
Me atraen los espacios cerrados y oscuros, suficientemente oscuros como para asustar al mismísimo diablo e incomodar a un ciego. Me permiten ajustar mi mente (después de un día de falsas intenciones y sonrisas de plástico) a lo que me rodeaba sin tener que fingir ni acordarme constantemente de mi verdadero aspecto, y pudiendo así exteriorizar a mi transparente yo.
Intentaba exprimir mi mente en busca de tiempos donde la vida y las ganas de cumplir metas corría por la sangre, dándome cuenta de que habían muerto años antes de ser capaz de ponerles un nombre. Sueños tímidos sin grandes esperanzas de cumplirse; algo tan sencillo como escribir un libro o volar en un dragón; sueños ahogados y barridos por por unas pocas palabras por aquéllos que sólo pretendían lo mejor para mí, matando la poca pasión que mi cuerpo podía soportar, Una humana insignificante e inútil, incapaz de hervir un huevo, mediocre hasta la médula, intentando no lanzarse por la primera ventana con suficiente altura que ve, rezando para que ese coche me atropelle al cruzar y acabe con esta existencia dudable de ser mencionada en los registros del Juicio Final.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Creo que pienso en ti cada día. Es injusto, pero te echo de menos. Jamás conocí a alguien que me llevase tanto la contraria; eras el Sherlock para mi Moriarty (ya sabes que me gustan más los malos). Eras más bajita que yo, más grosera (esto no duele. Viene de mí, es un cumplido.), más apasionada. Tu pasión era lo que te movía; tu cuerpo te impedía miles de placeres. Continuabas hacia delante.
No dejo de pensar en ti. ¿Qué historia escribiste y no quisiste mostrar? ¿Por qué Jack? Sé el porqué, pero prefiero oírlo de ti. Una vez más. Sólo una.
¿Qué haré yo ahora que no estás? Pensé en ti siempre, y me pregunté si me echabas de menos. Si me culpabas a mí como hago yo ahora. Creo que fue mi culpa que te fueras. Siempre dicen que, cuando muere alguien, todos se sienten culpables. Lo típico; todos culpables. Todos apartan la mirada. No sé qué decirte de esto. Te fuiste de nuestro lado, te fuiste a otro colegio por mi culpa, porque ya no me soportabas más y querías huir de mi toxicidad. Me lo dijiste, ¿te acuerdas? Cuando nos gritamos tanto hasta llorar. Me indigné mucho. Además, me alegré que te fueras. Creí que así estaría mejor, pero ahora te has ido de verdad, y ya está. Me importa una mierda si hay vida después de la muerte. Qué más da eso ya, si ahora mismo no te puedo estampar una bofetada en la cara, sino te puedo decir que J.K.ROWLING ESTÁ ESCRIBIENDO UN LIBRO NUEVO DE HP, sin poder emocionarnos juntas y seguir nuestra eterna discusión. Supongo que lo leeré por ti y ya te contaré qué ocurre. Quizás te llevo un ejemplar. Recuérdamelo, que se me olvidan las cosas.
Nadie me lleva la contraria ahora. Me reconcilié (de momento, espero que dure) con mis padres. Nada cambió realmente, sólo mi percepción de ver las cosas. Me cambiaste. Es injusto y a la vez no lo es. Lo siento, perdóname. No me perdones. Es una culpa que arrastraré siempre. No té canté el dancing queen cuando cumpliste 17. No verás tu vídeo de los 18 de fotos en las que salgas mal. Miles de animales morirán porque no podrás estudiar veterinaria. No podré burlarme de tu foto meditando mal con, encima, Buddha delante.
Te escribo esto tarde. Piensa lo que quieras; no eres una simple entrada de un blog estúpido. Ésto es sólo un sueño, y por eso quizás te alcance; ahora sólo vives en ese mundo. 

domingo, 10 de mayo de 2015